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La muerte de un ser querido marca uno de esos días que nos vuelve distintos, para el cual nadie está preparado. No pudimos detener la muerte pero sí podemos elegir qué actitud tomar ante ella.

Cuando la Tristeza abruma:

Después del aturdimiento inicial, llega el momento de enfrentar la dura realidad. La aceptación del hecho genera un profundo estado de tristeza que impide tomar decisiones, aún las más simples como levantarse, comer, salir...
Con la aceptación de la muerte se comienza a elaborar el duelo. Se siente tocar fondo. Es aquí donde debemos decidir entre dejar que la tristeza se apodere de nosotros, convirtiéndose incluso en depresión, o encauzar todas nuestras fuerzas para volver a ser felices.

Etapas del duelo:

Perplejidad
Lamentación
Negación
Rechazo
Rebelión
Culpa
Decaimiento o depresión
Resignación
Aceptación

En los primeros días después del fallecimiento, la mezcla de fuertes emociones, la confusión de ideas y las reacciones instintivas nos trastornan, produciendo: rabia, culpa, tristeza, depresiones temporales, alucinaciones... todas reacciones normales, naturales y necesarias.
Después de unos días de intensos sentimientos, el duelo comienza a calmarse a medida que nos vamos adaptando a la realidad. No obstante, los primeros meses son durísimos porque hacen tomar conciencia real de la muerte, de la soledad, de un futuro sin la persona que falleció... y todo en el ambiente que lo recuerda constantemente.

En el duelo normal, comienzan a serenarse las emociones 12 a 14 semanas después del fallecimiento y poco a poco:

se realizan las tareas cotidianas con cierta normalidad
el sufrimiento intenso se va serenando
se habla del fallecido usando su nombre
se empieza a mencionar la expresión “se murió” (en vez de “partió”, “se fue”, “lo perdí”)
se comienza a deshacerse de sus pertenencias y a guardar algunas como recuerdo
se puede visitar el cementerio en forma más tranquila
se vuelve a pensar en el futuro
se pide ayuda

Durante el duelo es normal sentir que perdemos el sentido de nuestra propia vida y, aunque sabemos que debemos salir adelante, no sabemos cómo hacerlo. Es el momento de buscar ayuda en los demás: en nuestro cónyuge, en los amigos, en el sacerdote, en la participación activa en grupos de mutua ayuda.

Hay que saber despedir al ser querido fallecido. Los ritos funerarios tienen una función sanadora, que ha de completarse en cada corazón.

En nuestra vivencia del duelo hay fechas que agregan melancolía (cumpleaños, Navidad, aniversario de fallecimiento, día de la madre, etc.). Celebrar una misa en su nombre, una oración personalizada, una visita al cementerio, un pensamiento íntimo... ayudarán a tener un momento de recogimiento que permite rendir un sentido homenaje al ser querido fallecido y a expresar nuestros sentimientos contenidos.
Si un día nos sentimos peor que el anterior, no significa que retrocedamos en el camino del duelo.

Pensamientos que impiden una sana vivencia del duelo

¿Quién puede entender mi sufrimiento?
Sólo pueden ayudarme los que han pasado por esto
El tiempo va a curar mis heridas
¿Qué sentido puede tener ahora mi vida?
Nunca más voy a volver a ser completamente feliz
Nadie le amaba como yo
Sólo volveré a ser feliz cuando me reencuentre con él/ella
Si no me acuerdo constantemente de él, lo estoy dejando de querer
Si me divierto, estoy traicionando su cariño
Si sigo sufriendo, es porque lo quiero
Estaba escrito en su destino
Si sigo adelante es por mis hijos, no por mi

¿Dónde está tu fallecido, según tu mente, tu corazón y tu fe?

Retenerlo no es tenerlo. Y una cosa es cierta: no se le ama más por disminuir los gratos momentos cotidianos, ni porque se supriman las relaciones sociales, la vida amorosa y los encuentros gozosos. No se le ama más porque se le llore más, porque se le mencione a todas horas o porque se idealice su persona.

La persona que ha partido no exige ni tristeza ni sufrimiento; sí paz y felicidad. Quiere que vivamos en plenitud nuestra vida, no su vida.

La verdadera causa de nuestro sufrimiento es el sentimiento de “extrañar” a la persona que murió, porque nos domina la pena de la separación. No sufrimos tanto porque el ser querido se fue sino porque nos quedamos sin él y debemos reorganizar emocionalmente nuestra existencia. Pero amar es respetar al ser amado, “respetando” su muerte y su nueva vida.

Algunos consejos que pueden ayudar a quien se encuentra en duelo:

Aceptar el tiempo del sufrimiento
Aprender a desapegarse
Comunicar lo que se siente; dejarse ayudar
Cuidar la salud
Tomar decisiones con ánimo sereno
Ser pacientes con uno mismo y con los demás
Liberarse de la culpa: perdonar y perdonarse
Dar cabida a preguntarse: ¿por qué? ¿para qué?
Acudir a la fe, a la Iglesia, a la oración
Creer en sí mismo, recuperar la autoestima
Entablar nuevas amistades y relaciones
Volver a sonreír
Empezar a dar, con sana motivación

¿Cuándo superaré el duelo?

Hay dos signos concretos que indican que hemos superado el duelo:

La capacidad de recordar y hablar de la persona amada sin llorar
La capacidad de entablar nuevas relaciones y sumergirse en los desafíos de la vida.

¿Es bueno visitar el cementerio?

Es bueno hacerlo porque produce catarsis: llorar con libertad, dejar de negar, asumir la realidad.

Es positivo si es expresión de cariño, si se ora por su eterno descanso, si ayuda a desapegarse y decir adiós. Pero es negativo ir al cementerio cuando lleva a obsesionarse con el difunto, a identificarse con él (o ella).

¿Cómo entienden los niños la muerte?

Antes de los 3 años, desde el punto de vista cognoscitivo y afectivo, el niño no comprende el significado de la muerte.

De los 3 a los 5 años, considera la muerte como un evento temporal, reversible, una especie de sueño prolongado.

De los 5 a los 9 años el niño percibe la muerte como un acontecimiento definitivo que sucede a los demás, no a él.

De los 10 años en adelante, sabe que es un hecho inevitable para todos.
Es importante que los hijos adolescentes y jóvenes participen de los funerales “sepultando” al ser querido, diciendo adiós, expresando cariño, “poniéndolo en manos de Dios para que con El sea feliz y descanse”, prometiendo que saldrán adelante en familia...

Porque el amor no muere

Queridos, no lloren.
Yo voy al Señor,
voy a esperarlos a la gloria.

Muero, pero mi amor no muere:
los amaré en el cielo
como los he amado en la tierra.

No se dejen abatir por la pena.
No miren la vida que acabó,
sino la vida que comenzó.
Sólo les pido que me recuerden
ante el altar del Señor.

(Ultimas palabras de Santa Mónica, madre de San Agustín)

El texto de esta página es un extracto de los libros:
- Renacer en el duelo, cuando muere un ser querido (Mateo Bautista, Nora y Daniel Sitta. San Pablo)
- Sanar la muerte de un ser Querido (Mateo Bautista, Cecilia Bazzino. San Pablo)
- El Duelo, cómo elaborar positivamente las pérdidas humanas (Arnaldo Pangrazzi. San Pablo)

 

Funeraria del Hogar de Cristo - Casa Matriz: Bezanilla 1240, Independencia, Santiago de Chile - Fono: 7 300 300 - 800 800 342
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